Friday, 12 March 2010

Como un gusano


Salió de la ducha mientras yo acababa de aclararme, y se sentó en cuclillas, como un pájaro, sobre la tapa del váter. Enlazó los brazos pálidos alrededor de las piernas y vi el círculo perfecto de la cicatriz cerca del codo. Era sorprendente lo mucho que había aprendido sobre su cuerpo en una sola noche. Busqué sus ojos, pero estaban perdidos en un horizonte privado. Aunque sentía curiosidad por ver cómo se había transformado el mundo, no quería salir, todavía no, de la ducha. Supe que pronto se levantaría, se vestiría y se iría a una vida de la que yo lo desconocía casi todo. Como un gusano que devora el corazón de una rosa, me mordió la idea de que no volveríamos a vernos. Todo lo que quedaría iba a ser ese momento perfecto que me había dado sin saberlo: una visión cargada de misterio que me había hecho sentir tan feliz y tan triste y tan hambriento. Me prometí que si me pedía el número de teléfono, le diría que no, pero al final acabó escribiendo el de su móvil en un trozo de papel. En la puerta, se despidió con un beso leve y bajó las escaleras sin volverse. Dos horas más tarde le envié un mensaje. Y me quedé esperando.

Friday, 26 February 2010

Rituales


Por las noches, después de la cena, friega los platos y recoge la cocina, interrumpiéndose de vez en cuando para tratar de adivinar qué programa de televisión estará viendo su vecino, ese hombre solitario y tímido que le sonríe cuando se cruzan en la escalera. Después, se cepilla los dientes y se acuesta. Le gusta leer en la cama, aunque a veces le es díficil concentrarse. Cuando oye la cisterna del baño en el piso de arriba, apaga la luz y se queda quieta, con los ojos abiertos. A pesar de la costumbre, todavía se le acelera el corazón. Escucha pasos sobre su cabeza y silencios y ruidos indescifrables y, al fin, con una claridad asombrosa, la voz que dice: te quiero. Y se va quedando dormida mientras, arriba, sin que ella lo sepa, su vecino besa la frente fría y acartonada de la que no quiso amarle.

Wednesday, 20 January 2010

Sin título



Mientras espero en la parada del autobús saco mi cuaderno de notas. “Todo el mundo está detrás de alguien”, escribo. Y, no sé por qué, miro al cielo y pienso cómo el Sol que comparto con Heráclito va a explotar algún día y todo lo que se haya escrito desaparecerá sin dejar huella. No quedará nada de todo el amor, la tristeza y los sueños que han existido, ni de su cristalización en las páginas de los libros. Y, aun así, sigo escribiendo, como tantas otras veces, desde la futilidad y la urgencia. Quizás, me digo impulsivamente, consiga darle forma a ese cuento sobre mi padre que se me ha atravesado. Entonces, la veo venir bamboleándose, ataviada con su vestido de premamá, y me apresuro a escribir sobre la página en blanco, aun a sabiendas de que, cuando la revise, la caligrafía será indescifrable. Ella se coloca a mi lado, entre el sol y yo, como un eclipse de luna. “Tienes cara de aburrido”, me dice.

Wednesday, 30 December 2009

La última noche


-¡Feliz, Año Nuevoooooo!
Más que alegría, en nuestra felicitación lo que hay es mucho sarcasmo. Sabemos de sobra lo que nos espera en el Año Nuevo: cinco noches a la semana contestando el teléfono, lidiando con borrachos que no recuerdan dónde viven y con los mafiosillos de la dirección, que disfrutan haciéndonos la vida imposible.
-Venga, a vuestros puestos –nos grita Miguel, el encargado, mirando, absurdamente, el reloj.
- Hombre, Miguel, no jodas, si ahora no va a llamar nadie por lo menos en quince minutos –protesta Mabi, la rebelde del turno de noche, mientras empina las gotas de cava que el encargado nos ha servido, con mucha pompa, en unos vasos de plástico delgadísimo- ¿Quién narices va a necesitar un taxi justo después de la medianoche el día de Nochevieja? Otros años…
- Pues cualquiera, Mabi, cualquiera. Siempre hay gente que necesita ir a alguna parte, ¿correcto?
Si algo odiamos por encima de todas las tonterías que suelta Miguel, es ese “correcto” con el que adereza sus frases, y que suma en sus tres sílabas abruptas, toda la soberbia, la ignorancia y los malos modales del supervisor.
Pero también sabemos de sobra cuál es nuestro puesto en la cadena alimenticia, y como no están los tiempos como para acabar de patitas en la calle, nos callamos y nos sentamos frente a los teléfonos mudos a esperar.
A los diez minutos, Miguel asoma la cabeza por la puerta de su despacho, mosqueado, seguramente, por el silencio sepulcral (ese silencio infrecuente en el que tratamos de aprender a superar los conceptos de tiempo y espacio y trascender lo que sea).
- ¿Ves, Miguel? Nada –le asaetea Mabi.
- Bueno, manteneos en vuestros puestos –responde él, visiblemente irritado-. Y no olvidéis sonreír cuando contestéis el teléfono. El cliente, aunque no os vea, notará vuestra sonrisa. Usad un poco de sicología, ¿correcto?
-¿Es esa la misma psicología por la que tenemos que llevar un puto uniforme? –murmura Mabi.
Miguel desaparece en su oficina y Mabi (atrapada en uno de esos estados en los que no puede estarse quieta) descuelga el teléfono y se lleva el auricular a la boca, abierta en una amplia sonrisa.
- Radiotaxi, ¿dígame? –y sin dejar de sonreír, continúa-. Sí, señor, por supuesto, ahora le envió su taxi, y por favor no se moleste en ser educado, usted no tiene por qué saber que yo tardo cuatro horas de aguantar a gilipollas como usted en ganar lo que le va a costar la carrera a su chalecito en la urbanización de moda. Yo sonrío, claro que sí, y lavo mi uniforme todas las semanas, para que a usted le huela a limpio, porque el cliente tiene el olfato de Dios, y además yo le aseguro que su taxi llegará en dos segundos se ponga el tráfico cómo se ponga. Y, sonrío, aunque me acuerde de mi niña sola en casa cinco noches a la semana, porque, a ver qué culpa tiene nadie, y menos usted, que es el que paga. Si tendría que dar las gracias por tener trabajo, ya lo sé, que me lo repiten todos los días mis jefes.
Mabi cuelga el teléfono de un golpetón. Sus ojos brillan repletos de lágrimas que se niega a derramar. En estos casos, no sabemos qué decir, así que bajamos la mirada a los teléfonos, que siguen, incomprensiblemente, sin sonar, y nos entra la terrible sospecha y el cruel alivio de que el mundo, ahí afuera, se acababa de terminar.

Friday, 27 November 2009

Bruno


Sucedía así: mi padre dejaba un mensaje abrupto en el contestador y yo le llamaba, unos días después, para quedar en el bar de la esquina. Él siempre llegaba antes y se quedaba en la barra hasta que yo acudía, tarde, sin haberme cambiado, y con Bruno de la correa. Mi padre miraba el reloj y luego mi ropa manchada de pintura. “¿Todavía te dedicas a eso?”, decía, mientras yo, dándole la espalda y sin molestarme en responderle, pedía un café. Luego, mi padre me dejaba elegir una mesa y me seguía hasta ella un poco a regañadientes. Cuando éramos niños, mis hermanos y yo pasamos muchas tardes de domingo sentados con mi madre a la mesa de un bar, mientras él bebía su coñac solo, apoyado contra la barra. Hacer que se sentara conmigo ha sido una de las pocas batallas que he conseguido ganarle. Los primeros minutos los ocupábamos en echar azúcar al café, removiéndolo más de lo necesario, y en mirar a nuestro alrededor, como si estuviésemos localizando las salidas por si acaso necesitábamos escapar súbitamente. Luego, empezábamos por hablar del tiempo y de alguna noticia que mi padre hubiera leído en el periódico. Todos los días se leía de cabo a rabo el ABC y si yo ignoraba algún suceso, me preguntaba: “¿pero en qué mundo vives?”. Nunca estábamos de acuerdo en nada y, al final, siempre acabábamos discutiendo. La única diferencia era que a mi padre este ritual parecía no desanimarle, mientras que para mí era enervante. Y, antes o después, necesitaba huir al baño. Aquella tarde, en los servicios, resolví al fin dejar de verle. Era el único miembro de la familia que mantenía contacto con él, y decidí que ya estaba bien, que, durante años, lo había intentado. Salí de los servicios eufórico, pero él no vio mi cara de triunfo, porque tenía los ojos fijos en Bruno, hacia el que se había inclinado para acariciarle. Sus dedos, normalmente cerrados en un puño o enfundados en los bolsillos del pantalón, parecían ahora más largos y delicados sobre el lomo del perro. Al principio no me di cuenta, pero luego vi el movimiento leve de los labios. Mi padre estaba hablándole al perro. Me quedé quieto. De pronto fui consciente del ruido del bar: la máquina tragaperras echaba su pedorreta de música y monedas, las cucharas y los tenedores golpeaban las tazas y los platos. Lo único que no podía oír eran las palabras que mi padre le susurraba a Bruno. No quise volver a sentarme, pero al despedirme no pude evitar decir: “Nos vemos el mes que viene, ¿vale?”


Foto: Lucian Freud, Eli (2002)


Sunday, 8 November 2009

Circuito cerrado


Con los años, ha aprendido a mirar todas las pantallas a la vez, superando ese hábito de la atención que tiende a fijarse en una sola cosa al tiempo. Desde su asiento frente al panel, lo ve todo, y su cerebro filtra las imágenes en busca de anomalías, de algún gesto que se salga del rígido patrón de movimientos de los viandantes. Rara vez tiene motivos para la alarma, pero su celo profesional hace que pase el turno sin apartar la vista de las imágenes en blanco y negro. A la hora del descanso, escucha las noticias de la radio con aprensión, hasta cerciorarse de que no ha habido ningún incidente en la zona que haya escapado a su vigilancia, y vuelve a su puesto antes de tiempo, porque sabe que su reemplazo suele quedarse dormido. Llevan ya varios días sin altercados, y los otros empiezan a aburrirse y a pasar el tiempo de espaldas a las pantallas, hablando entre sí o riéndose de los peatones a los que el autobús empapa al pasar por encima de un charco. Pero por lo que a él respecta, no reduce su concentración ni un ápice. Aún así, le pilla de sorpresa la corazonada que le asalta de súbito esta mañana. Algo llama su atención en la pantalla izquierda, en la que un grupo de gente espera frente al semáforo en rojo. Nada parece fuera de lugar pero sus ojos vuelven al mismo sitio una y otra vez. Entonces, entre los peatones impacientes, ve a una mujer vestida con un abrigo largo. Ese abrigo desgastado que conoce tan bien. Su corazón se acelera y siente una punzada de vergüenza. Se vuelve y, tras comprobar que sus compañeros están enfrascados en sus monitores, acciona un mando y el rostro de su esposa aumenta en la pantalla. A pesar de reconocer sus rasgos, por un instante duda que de verdad sea ella. Son sus ojos y su nariz, su boca y su cabello, pero la suma de las partes es incongruente. La expresión de su cara es un misterio que es incapaz de resolver. Está tan acostumbrado a mirar a su mujer cuando la mirada de ella está posada a su vez sobre él y a que su cara refleje su propia presencia, que ahora no sabe qué ve. El semáforo se pone en verde y su mujer cruza la calle con una determinación que le asusta. Su miedo, piensa, es como el que le asaltó de niño, cuando, tras descubrir que sus familiares seguían existiendo cuando no estaban con él, le atenazó la oscura sospecha de que eran más vulnerables (a los accidentes de tráfico, a las catástrofes naturales) cuando estaban ausentes, fuera del alcance de la protección que les otorgaba su mirada atenta. Con el corazón encogido, observa a su mujer desaparecer de las pantallas de su panel para convertirse en una desconocida en las de alguno de sus compañeros. La desazón le domina durante el resto de la jornada. Al salir del trabajo irá directo a casa. Sólo se podrá librar del desasosiego cuando abrace y bese a su mujer. Luego, le va a decir que ya es hora de que hagan ese crucero por el Caribe, que qué coño, que sólo se vive una vez.

Sunday, 25 October 2009

Olor de hogar


Nada más abrir la puerta, un olor como a pescado podrido me golpea como una bofetada y corro a la cocina para comprobar que no se me ha olvidado sacar la basura. El cubo está vacío, pero en el fondo hay una mancha aceitosa y oscura. Lo meto en el fregadero, lo lleno de agua caliente y jabón y abro la ventana. Pero el olor sigue ahí, así que me pongo los guantes y limpio la vitrocerámica, el horno, cuya limpieza he postergado sin perdón, y el fregadero. Respiro con alivio el aroma a limón, pero no tardo en detectar de nuevo el olor incriminante, acentuado por el frescor del limpiacocinas. ¿Será la nevera? Ya casi he terminado de limpiarla, cuando llega mi marido. Le veo mirar con recelo los comestibles repartidos por la encimera y el suelo. “¿Qué hay para comer?”, pregunta. “¿Qué es que no notas el mal olor?”, le digo. Pero él se encoge de hombros y se va a ver la tele al comedor. Y yo no puedo dejar de inhalar el olor, forzándolo contra el fondo de la nariz y la garganta, con la perversa fruición con la que a veces uno se rasca las postillas. Oigo el timbre del teléfono y espero, pero nadie va a contestarlo. Así que voy yo. Es mi madre. “No puedo hablar”, le digo, “estoy desesperada por un mal olor que no se va”. “Eso te pasa por limpiar por encima”, me dice. “Vas a tener que frotar, con lejía y estropajo”. “Mamá pareces un anuncio de la tele”, le espeto y cuelgo sin despedirme. Aunque me saca de quicio, siempre acabo por hacerle caso. Lleno un caldero con agua caliente y lejía y echo también un generoso chorro de amoniaco, y me pongo a frotar los azulejos. Al poco, se me llenan los ojos de lágrimas y el vapor me quema la garganta. Intento concentrarme en la limpieza hasta que se me nubla la vista y no puedo respirar. ¿Es posible que me vaya a morir así, con los guantes de fregar puestos? Dejo caer la valleta y me tambaleo hasta la ventana. Cojo aire. Miro hacia arriba y veo a la vecina del cuarto sacar la cabeza al patio, con los ojos desorbitados; al instante, la del quinto abre la ventana con un quejido agónico, sus manos enguantadas alzándose hacia el cielo, y descubro a la del sexto, agarrada a los barrotes del balcón, con un estropajo chorreante en la mano. Boquean como peces fuera del agua. Y nos miramos, sin decir nada pero sabiendo que estamos firmando con nuestras lágrimas un pacto secreto.

Foto: Cartel de la película ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)