Tuesday, 27 April 2010

A la salida del colegio


Los niños atraviesan corriendo el patio hacia sus padres, que les esperan con los tanques en marcha.

Wednesday, 31 March 2010

Las horas muertas


Al darse cuenta de que andaba por la oficina en pijama y zapatillas, se despertó. Desconcertado, miró a su alrededor, pero la habitación estaba en total oscuridad y no era capaz de localizar las agujas fosforescentes del reloj. Palpó la mesita hasta dar con el interruptor de la lámpara. El despertador ya no estaba allí. Se volvió hacia su mujer, que dormía plácidamente. “Me vas a matar, Marisol”, susurró. Luego, se secó el sudor de la frente con la manga del pijama, el mismo que llevaba en el sueño. Se levantó y deambuló por la casa, abriendo con desgana cajones y armarios, mirando bajo la mesa y detrás del sofá. Acababa de quedarse dormido en un sillón, cuando escuchó el pitido agudo, amplificado por un eco metálico. Lo siguió, adormilado, hasta el baño. Tuvo que arrodillarse para sacar el despertador de la lavadora. Marcaba, otra vez, las siete y media. Cuando entró en la cocina, tras dejar el reloj en el dormitorio, su mujer estaba poniendo la cafetera.

- Hazlo bien cargado, por favor –dijo, como cada mañana.

Después, desayunaron en silencio.

Thursday, 18 March 2010

Game Over


Siempre intentamos convencernos de que la vida es otra cosa. Hay quien cree que la suya es una película. Las penurias son más llevaderas si se pueden achacar a exigencias del guión, sobre todo cuando se cree en los finales felices. Para Ramírez, en cambio, la vida era un videojuego; quizás porque solía pasarse los fines de semana entregado a esta forma de entretenimiento. Lo importante, para él, era pasar de pantalla, y para lograrlo, se forjó una disciplina de arbitrariedad matemática. Según el día, su objetivo era, por ejemplo, vender diez seguros, hacer cien flexiones antes de irse a la cama, o mandar un email a al menos cinco de las mujeres con las que se había acostado. Lastrada por tan penosa (y absurda) contabilidad, su vida no era feliz, pero al menos era soportable. Hasta que una mañana, cayó desplomado, víctima de un aneurisma cerebral. No llegó a ascender en el trabajo, sus músculos no superaron un volumen medio, y en su entierro no lloró ninguna mujer desconsolada. En cierta ocasión, durante una de nuestras raras conversaciones privadas, le pregunté por qué era tan aficionado a los videojuegos. Reflexionó un instante y me contestó que porque, en ellos, el esfuerzo siempre era recompensado.

Friday, 12 March 2010

Como un gusano


Salió de la ducha mientras yo acababa de aclararme, y se sentó en cuclillas, como un pájaro, sobre la tapa del váter. Enlazó los brazos pálidos alrededor de las piernas y vi el círculo perfecto de la cicatriz cerca del codo. Era sorprendente lo mucho que había aprendido sobre su cuerpo en una sola noche. Busqué sus ojos, pero estaban perdidos en un horizonte privado. Aunque sentía curiosidad por ver cómo se había transformado el mundo, no quería salir, todavía no, de la ducha. Supe que pronto se levantaría, se vestiría y se iría a una vida de la que yo lo desconocía casi todo. Como un gusano que devora el corazón de una rosa, me mordió la idea de que no volveríamos a vernos. Todo lo que quedaría iba a ser ese momento perfecto que me había dado sin saberlo: una visión cargada de misterio que me había hecho sentir tan feliz y tan triste y tan hambriento. Me prometí que si me pedía el número de teléfono, le diría que no, pero al final acabó escribiendo el de su móvil en un trozo de papel. En la puerta, se despidió con un beso leve y bajó las escaleras sin volverse. Dos horas más tarde le envié un mensaje. Y me quedé esperando.

Friday, 26 February 2010

Rituales


Por las noches, después de la cena, friega los platos y recoge la cocina, interrumpiéndose de vez en cuando para tratar de adivinar qué programa de televisión estará viendo su vecino, ese hombre solitario y tímido que le sonríe cuando se cruzan en la escalera. Después, se cepilla los dientes y se acuesta. Le gusta leer en la cama, aunque a veces le es díficil concentrarse. Cuando oye la cisterna del baño en el piso de arriba, apaga la luz y se queda quieta, con los ojos abiertos. A pesar de la costumbre, todavía se le acelera el corazón. Escucha pasos sobre su cabeza y silencios y ruidos indescifrables y, al fin, con una claridad asombrosa, la voz que dice: te quiero. Y se va quedando dormida mientras, arriba, sin que ella lo sepa, su vecino besa la frente fría y acartonada de la que no quiso amarle.

Wednesday, 20 January 2010

Sin título



Mientras espero en la parada del autobús saco mi cuaderno de notas. “Todo el mundo está detrás de alguien”, escribo. Y, no sé por qué, miro al cielo y pienso cómo el Sol que comparto con Heráclito va a explotar algún día y todo lo que se haya escrito desaparecerá sin dejar huella. No quedará nada de todo el amor, la tristeza y los sueños que han existido, ni de su cristalización en las páginas de los libros. Y, aun así, sigo escribiendo, como tantas otras veces, desde la futilidad y la urgencia. Quizás, me digo impulsivamente, consiga darle forma a ese cuento sobre mi padre que se me ha atravesado. Entonces, la veo venir bamboleándose, ataviada con su vestido de premamá, y me apresuro a escribir sobre la página en blanco, aun a sabiendas de que, cuando la revise, la caligrafía será indescifrable. Ella se coloca a mi lado, entre el sol y yo, como un eclipse de luna. “Tienes cara de aburrido”, me dice.

Wednesday, 30 December 2009

La última noche


-¡Feliz, Año Nuevoooooo!
Más que alegría, en nuestra felicitación lo que hay es mucho sarcasmo. Sabemos de sobra lo que nos espera en el Año Nuevo: cinco noches a la semana contestando el teléfono, lidiando con borrachos que no recuerdan dónde viven y con los mafiosillos de la dirección, que disfrutan haciéndonos la vida imposible.
-Venga, a vuestros puestos –nos grita Miguel, el encargado, mirando, absurdamente, el reloj.
- Hombre, Miguel, no jodas, si ahora no va a llamar nadie por lo menos en quince minutos –protesta Mabi, la rebelde del turno de noche, mientras empina las gotas de cava que el encargado nos ha servido, con mucha pompa, en unos vasos de plástico delgadísimo- ¿Quién narices va a necesitar un taxi justo después de la medianoche el día de Nochevieja? Otros años…
- Pues cualquiera, Mabi, cualquiera. Siempre hay gente que necesita ir a alguna parte, ¿correcto?
Si algo odiamos por encima de todas las tonterías que suelta Miguel, es ese “correcto” con el que adereza sus frases, y que suma en sus tres sílabas abruptas, toda la soberbia, la ignorancia y los malos modales del supervisor.
Pero también sabemos de sobra cuál es nuestro puesto en la cadena alimenticia, y como no están los tiempos como para acabar de patitas en la calle, nos callamos y nos sentamos frente a los teléfonos mudos a esperar.
A los diez minutos, Miguel asoma la cabeza por la puerta de su despacho, mosqueado, seguramente, por el silencio sepulcral (ese silencio infrecuente en el que tratamos de aprender a superar los conceptos de tiempo y espacio y trascender lo que sea).
- ¿Ves, Miguel? Nada –le asaetea Mabi.
- Bueno, manteneos en vuestros puestos –responde él, visiblemente irritado-. Y no olvidéis sonreír cuando contestéis el teléfono. El cliente, aunque no os vea, notará vuestra sonrisa. Usad un poco de sicología, ¿correcto?
-¿Es esa la misma psicología por la que tenemos que llevar un puto uniforme? –murmura Mabi.
Miguel desaparece en su oficina y Mabi (atrapada en uno de esos estados en los que no puede estarse quieta) descuelga el teléfono y se lleva el auricular a la boca, abierta en una amplia sonrisa.
- Radiotaxi, ¿dígame? –y sin dejar de sonreír, continúa-. Sí, señor, por supuesto, ahora le envió su taxi, y por favor no se moleste en ser educado, usted no tiene por qué saber que yo tardo cuatro horas de aguantar a gilipollas como usted en ganar lo que le va a costar la carrera a su chalecito en la urbanización de moda. Yo sonrío, claro que sí, y lavo mi uniforme todas las semanas, para que a usted le huela a limpio, porque el cliente tiene el olfato de Dios, y además yo le aseguro que su taxi llegará en dos segundos se ponga el tráfico cómo se ponga. Y, sonrío, aunque me acuerde de mi niña sola en casa cinco noches a la semana, porque, a ver qué culpa tiene nadie, y menos usted, que es el que paga. Si tendría que dar las gracias por tener trabajo, ya lo sé, que me lo repiten todos los días mis jefes.
Mabi cuelga el teléfono de un golpetón. Sus ojos brillan repletos de lágrimas que se niega a derramar. En estos casos, no sabemos qué decir, así que bajamos la mirada a los teléfonos, que siguen, incomprensiblemente, sin sonar, y nos entra la terrible sospecha y el cruel alivio de que el mundo, ahí afuera, se acababa de terminar.